Puede parecer que la fauna está ahí y siempre va a estar, pero no hay nada más lejos de la realidad. Ahí fuera se libra una guerra, silenciosa y sin bajas humanas (al menos en nuestro país), pero una guerra al fin y al cabo. El enemigo tiene un nombre claro: extinción y la causa muy evidente: el ser humano. Somos al mismo tiempo la causa y el remedio. Trabajar en conservación de fauna es un cuchillo de doble filo y ambos están bien afilados. Los buenos momentos son inolvidables, pero los malos también; ninguno te va a dejar indiferente. En esta galería tienes la parte bonita, por llamarla de alguna manera. En la galería de la Cara B tienes la otra cara de la moneda.
Trabajar con fauna no es una afición; ni siquiera un trabajo. Para los muchos que lo sentimos, es un modo de vida. Al principio para mi lo importante no eran las personas, sino los bichos. Con el paso de los años me he dado cuenta que las personas que hacen esto posible son el verdadero tesoro, porque sin ellas no habría nada. Es un honor y un privilegio trabajar con ellos y aprender siempre de lo mucho que tienen que enseñar. Desde aquí lanzamos un GRACIAS muy muy grande a esas personas, a quienes lo hacen desde el anonimato y sin esperar gran cosa a cambio.
Aquí se muestran algunos trozos de esa parte tan bonita como intensa. En la imagen, mi amigo y maestro Pablo Pereira. Puedes leer su fascinante historia en el blog (Pablo Pereira, el hombre que susurraba a los linces)
